Lección de vida
Autor : Ángel Novillo, de Villacañas (Toledo)
"El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados". Antonio Gala.
El curso de la vida nos atrapa y envuelve. Todo es carrera y ciclo. Todo empieza y termina y vuelve a comenzar: la vida y la muerte; el ciclo vegetativo. La carrera de los astros para completar el ciclo vital. El encierro con el que culmina cualquier fiesta que recorre el calendario de nuestra piel de toro.
Mito convertido en realidad por el ritual que se repite de año en año. Nervios a flor de piel y mariposas de inquietud acariciando con sus aterciopeladas alas las paredes del estómago de los corredores.
Preparándose mental y físicamente todo el año para que llegue el ansiado momento. Preparándose toda un vida para un momento mágico. Danza ritual entre el hombre y el toro. Desbordándose a raudales por las calles la tensión asida por el pitón de un toro. Revolcones y pisotones, quiebros infinitos prendidos en la ingravidez del escenario callejero. Levantarse y vuelta a caer para no desfallecer jamás, para llegar a la meta.
El eterno retorno apresado en el rito de correr a los toros. Haciendo burla a la muerte. El espejismo del tiempo rasgado por los cuernos de las reses. La verdad atesorada en los mitos.
Hércules robando los ganados de Gerión. Corriendo tan campante por Tartessos. Cabalgando a lomos de nuestra mente. Caminando por el paraíso de nuestras ideas convertidas en esencia e identidad.
El rapto de Europa, por Zeus. Historia de amor sublimada en tragedia y forjadora de imperios.
Trascendiendo a la razón para encontrar el espíritu. Buceando en nuestro interior para encontrarnos a nosotros mismos allí donde convergen tiempo y el espacio. En los pliegues del alma, cicatrizados por las cornadas de la vida.
Hasta la extenuación, en la fatiga agotadora de la carrera eterna, se alcanza la disolución casi de la identidad personal para unirse en un instante con la nada. Solo correr, correr hacia delante, desbordándose en estampida los sentimientos huyendo del páramo de la rutina cotidiana.
Ofrenda y memorial a los que nos precedieron, tributándoles la vivencia con sus raíces hundidas en el recuerdo de lo que ellos antes hicieron por nuestras calles.
Haciendo volar nuestra mente con las alas de la acción y el instinto de supervivencia. En armonía y simetría con el animal divinizado. Respetándolo y queriéndolo. Colgando por un momento las penas y el sufrimiento en los cuernos de las reses.
Cabestros y toros bravos en descomunal y desigual competición, flanqueados, rodeados por los corredores. Quienes desafían al destino trágico del hombre en su carrera inevitable hacia lo absoluto. Conjurando el peligro en la esquina de cada calle. Los que pisan al miedo en cada avance constante. Canalizando aquello que viene de lo más profundo de las entrañas y del tiempo. Manadas prehistóricas de uros trashumantes en nuestro subconsciente.
Caras de esfuerzo, de cansancio al borde de lo imposible para alcanzar la gloria de la satisfacción personal y de toda la comunidad que está esperando que se celebre el encierro como siempre.
Todo natural, sin artificios, sin mercadeo. El hombre con el toro en carrera, de igual a igual. De poder a poder. Sin violencia ni artimañas. Limpiamente, con respeto. El toro como Dios y el hombre como héroe. Convirtiendo nuestros pueblos y ciudades en escenario único. Donde las olas del mar del recuerdo traen lo ya vivido otros años. Memoria y esencia de un ritual con resonancias mágicas y míticas. Las calles convertidas en un laberinto por el que liberar nuestra conciencia y encontrarnos a nosotros mismos, saliendo del dédalo de egoísmos y preocupaciones.
Calles convertidas en el centro de un microcosmos. En el centro del universo donde todo confluye en un mismo espacio: la vida y la muerte. El miedo y la alegría desfilando de la mano. Los nervios y la satisfacción agolpándose en la mente de los corredores.
La historia hecha actualidad. Resistiendo modas y estilos. Por encima de componendas de despacho y disputas políticas. De supuestas cabezas pensantes e ilustradas. Resistiendo al consabido lema: "De todo para el pueblo pero sin el pueblo". Por encima de prohibiciones para todos los gustos y de todas procedencias: papales y monárquicas. Pero ahí está la fuerza de las personas, que guarda las esencias de ellos mismos en sus tradiciones. Conjurando críticas acalladas por la algarabía callejera. Modo de vida hecho fiesta. Resistir a todo para conservar la esencia en un ritual marcado de sencillez y hondura.
Correr y correr. No nos queda otra. Huida hacia delante. Para encontrar la vida enredada en cada instante. A la vuelta de cada esquina, de cada plaza. En cada requiebro y finta, espantando al miedo.
Ecos de otro tiempo que se fueron pero que se quedaron con nosotros en estas fiestas del toro. Deidad ctónica. Tótem ibérico. Paseado y escoltado, dándoles honores el pueblo. Recuerdo de cuando el toro era Dios y fertilizaba los campos con su sangre y renovaba la vida a punto de extinguirse anualmente. Y todo era vuelta a la vida y todo era resurgir y resucitar.
Toros embolados, como si hubieran corneado al sol y le hubieran arrancado un destello, un fragmento de vida que no se extingue. Vaquillas invernales, de rito carnavalesco, inundando de vida las calles que recobraban su vida. Toros de estío desbordando a raudales la vida. Como ese sol veraniego que duele con solo mirarlo.
Paganismo y cristianismo mecidos en la cuna de los cuernos del toro.
Rituales agrarios de un pasado que se fue, pero aún el toro continúa corriendo actualmente, fiel a su destino, dándose a los corredores con nobleza y bravura.
Y el corredor sintiendo correr por sus venas la vida, comprende la ética del encierro. Solo le queda correr y correr. Caer pero nunca rendirse. Levantarse y seguir. Por el recuerdo de los que no están, por la memoria de los que le precedieron. Por ese pañuelo que una vez le dio su padre, cuando ya no podía correr él. La vida tal y como es, sin domesticar ni adulterar. Peligro y riesgo, amor y pasión. Toda una lección de vida.






















