" Ya no es lo que era"
Autor : Enrique Mª Rodríguez, de Las Matas-Las Rozas (Madrid).
Hola, colega, ¿cómo vas de tus achaques?
Ya sabes lo que me cuesta parar un momento, poner mis ideas en orden entre tanto ajetreo y lograr comunicar lo que quiero, como lo quiero. ¡Qué te voy a contar! Tú has sido mi maestro y sabes que a moverme no me gana nadie, pero que en cuanto me toca contar algo...no sé, se me forma una compota mental, entro en un bucle y -al final- lío el principio con el final y ya no se sabe si se trata de un asesinato, un farol, un ocurrido, una anécdota o una crónica de sociedad.
Perdona si te distraigo de tus merecidos paseos. Me cuesta imaginarte al paso, mirando aquí y allá, indagando la forma de las nubes. Me cuentan que ya no eres el de antes -¡con lo que tú has sido!- y que ahora, antes de emitir cualquier sonido como respuesta a la curiosidad malsana de algún jovenzuelo, haces un extraño movimiento con la lengua, pones los ojos vidriosos, espantas unas cuantas moscas de las que han colonizado el muermo donde vives y -finalmente- resumes con un monosílabo toda esa sabiduría que te hizo ser único. Me confiesan los que te han visto de vez en cuando, que hay días en los que ese fuego que tenías en tu mirada aparece a ráfagas, que pegas tu famosa patada al suelo, yergues tu cabeza venerable y asombras al personal con tu planta. Luego, como incapaz de mantener la tensión escénica vuelves a tu reasignado deambular...hasta el siguiente rapto de furia que recuerde el genio de viejas épocas.
¡Cómo tengo grabados esos tiempos! A tu lado, todo era pasión. Mucho antes de que el cohete que liberara nuestros músculos, lanzándolos con un torbellino de energía y coordinación hacia la aventura, tú me permitías revivir en mis entrañas fiestas pasadas. En aquellos momentos previos, me hablabas de que el secreto era esperar lo mejor de cada carrera, de vivir cada instante sabiendo que estaría bendecido por el riesgo, de que las decisiones de un mínimo giro o un quiebro instintivo nos harían enfrentarnos a lo inesperado. Yo no podía más que fijar mis grandes ojos -los que mi madre me aseguraba que eran su herencia inconfundible- en ti y desear vivir lo mismo a continuación.
Luego, cuando la música servía de aperitivo de lujo al prendido de la mecha, te acercabas a mí, me dabas un suave empujón y un pescozón en mi cuello y bastaba ese detonante tuyo en forma de brevísima interjección para que todo mi cuerpo se contrajera como un resorte. Se oía el silbido sordo, el grito de la multitud se volvía ensordecedor, una estela surcaba el cielo y ¡pum! La puerta se abría y disfrutábamos juntos de los tres minutos más maravillosos de nuestras vidas. Los que nos había regalado esa mañana.
Querido colega y maestro: hoy me pongo en contacto contigo para transmitirte que toda esa maravillosa puesta en escena ya no es lo que era. Lamento hablar así, porque aunque envidio tu pasado, me resigno a utilizar expresiones que confirman que también pasa por mí el rodillo de la edad y que lamentar tiempos pasados es una muestra de que se va igualando el número de mis años vividos al de los que me quedan por vivir.
¿Recuerdas cuándo abrían los portones y con tu inconfundible tono de mando me imperabas "el ojo izquierdo al astifino, el derecho a los mozos más vulnerables"? Yo entonces, cabestro joven, fijaba en mi cerebro esa orden y mantenía durante toda la carrera esa orden sin rechistar. Con mi trote elegante, acompañado del sonar melodioso de mi cencerro, mantenía a raya a nuestro primo de lidia mientras disfrutaba abriendo mi sector de paso entre la multitud de mozos a los que había que dispersar, procurando hacerlos caer para que otros de nuestros amigos pudieran gozar del placer de saltarlos con precisión milimétrica.
Hoy, querido amigo, nos cuesta cada vez más distinguir quién es el fogoso y noble toro de lidia que nos acompaña y quién el mozo al que hay que arrojar al portal o saltar. Unos se parecen cada vez más a los otros y nuestra sabia mirada lucha por distinguirlos. La multitud, a la que antaño disfrutábamos dispersando, haciendo tambalear y después evitando con prodigiosos brincos; la multitud a la que siempre identificábamos por ir vestida de blanco -con esas manchas rojas que nos indicaban certeras el objetivo- es hoy un mar de colores que nos confunde. Te podría contar que hace cuantas fiestas vi incluso a uno de esos seres, con una prenda en la que mostraba una representación de lo que podía ser tu testuz -con fondo de color cegador- y letras humanas que rezaban algo así como "kalimotxo: the best alcoholic drink in the world". ¿Dónde está la decencia? Que no vayan desnudos por la pobreza de sus cuerpos en comparación con nuestras imponentes anatomías, pase. Pero que no se vistan como merece el momento...
¿Te acuerdas de nuestras embestidas? Era delicioso comprobar cómo esos frágiles seres corrían como almas en pena intentando poner tierra por medio. Torpes o no, todos corrían para evitarnos. Eso tampoco es lo que era, maestro. Hoy nos encontramos muy a menudo con alfeñiques, que expelen ese extraño olor dulzón que hacía inconfundible al pastor aquél al que llamaban "La Cuba", que reniegan de su destino; en vez de correr como posesos, parecen toros de lidia de pacotilla e intentan embestirnos a nosotros, llamar nuestra atención con sus pobres reclamos o incluso -¡no te lo creerás!- apoyarse en nuestro lomo para que les sirvamos de ayuda en su carrera. ¡Ellos, que son nuestra diversión!
Te diré, además, que veo a nuestros primos de lidia muy nerviositos. Yo no sé qué les pasa, pero una vaca lechera con la que coincidí en los pastos este último invierno me contó que -en una de sus típicas contradicciones - un grupo de seres humanos les va a hacer desaparecer de nuestras dehesas a base de defenderles. Sí, yo tampoco lo entiendo mucho. Estos fogosos familiares han nacido para vivir más años y mejor que muchos de nuestros parientes vacunos y para morir más lentamente que muchos de ellos también y ahora parece que ni esa vida ni esa muerte son del agrado de unos cuantos. Todo eso les estresa y les vuelve descontrolados y díscolos. Ya no hacen caso a la jerarquía que representábamos en la calzada. Se nos desmandan, se dan la vuelta, se ensañan...no sé, les veo fuera de sí. Tampoco son lo que eran.
Nosotros representábamos -tú, más que nadie- la esencia del encierro: dominábamos al poderoso, vigilábamos al más vulnerable, marcábamos el ritmo de una carrera elegante, consistente y llevadera. Dosificábamos el riesgo y dábamos lecciones de nobleza con nuestros prodigiosos y precisos movimientos para esquivar y sortear a los humanos a los que nos divertía hacer correr y trastabillar. Hoy, colega entre los colegas, esto ya no es lo que era: los cabestros somos los únicos que mantenemos el tipo, entre una marabunta de humanos entre los que hay mucho advenedizo irresponsable y temerario y una rama familiar brava que sufre trastornos de personalidad. Los humanos cambian de encierro en encierro, los toros sólo disfrutan un encierro en su vida, pero nosotros somos el entramado que mantiene la estructura del festejo.
En fin, maestro de maestros, que a pesar de lo zaíno del panorama te prometo que seguiré tu consejo de "coger siempre al humano por las orejas". Cada encierro en el que corra con los míos, seguiré sembrando el verdadero poso de una Fiesta única, de un momento de riesgo medido, de un derroche de energía controlado, de un espacio limitado y compartido, de un mezcla de silencio y estruendo. Como tú nos enseñaste a hacer.
Aunque esto ya no es lo que era, yo te prometo que -terco como manda nuestra especie- seguiré siendo lo que siempre he sido, porque lo he visto ser en ti.
Mi mugido más cordial y todos mis respetos.






















