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domingo
05.sep 2010
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Home Concurso de relato Actualidad 2º -accésit 2010 - Encierros en Sanse en el año 2526

2º -accésit 2010 - Encierros en Sanse en el año 2526

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Encierros en Sanse en el año 2526

 

Autor : Raúl Ocariz, de Tolosa (Gipúzcoa).

Estamos a finales del año 2525 y, a raíz de un sorprendente hecho acaecido hace unos meses en un lugar del suroeste europeo -zona conocida en su día  como Península Ibérica-, había fundados rumores de que San Sebastián de los Reyes (más conocido por "Sanse") podría volver a ser sede de un acontecimiento que en su época constituyó un auténtico fenómeno social y le proporcionó fama y prestigio. En estos momentos, es ya oficial que en el año 2526, durante sus fiestas patronales, vuelven con toda rigurosidad los Encierros de toros bravos a las calles de Sanse. Antes de ser confirmada, esta extraordinaria noticia había despertado gran interés y, desde que lo es, ha causado una profunda conmoción, rebasando todos los límites imaginables, por su  trascendencia.

 

 

El amplio espacio de tiempo transcurrido desde la definitiva desaparición de los Encierros (hace casi 500 años) y de las propias Corridas de toros nos ha hecho perder  referencias hacia el mundo taurino en general, por lo que, antes de entrar en detalles acerca de cómo se ha llegado a esta situación, es muy ilustrativo resumir lo ocurrido desde sus inicios, allá por el siglo XVI (hay documentos que certifican que en el año 1525 ya se corrían Encierros en Sanse, prácticamente desde la fundación de la ciudad en la significativa fecha de 1492), los cuales, una vez institucionalizados en el siglo XIX, alcanzaron su mayor auge y esplendor durante el siglo XX y gran parte del siguiente, hasta llegar a finales del siglo XXI, cuando  tuvo lugar su definitivo declive, tras haber resistido unos años más que las tradicionales Corridas de toros, aunque finalmente fueran arrastrados por éstas, fundamento básico de su existencia.  

 

Los Encierros tuvieron su origen en el recorrido "a la carrera" de  toros  bravos por las calles del casco antiguo, desde las afueras hasta el coso taurino de cada momento  (el último, la Plaza de toros "La Tercera" construida en 1961), una vez que previamente  expertos jinetes provistos de sus respectivas garrochas habían guiado y custodiado a las reses provenientes de las dehesas hasta las puertas de la ciudad. En ese momento, curtidos pastores del medievo tomaban el relevo en esa ardua tarea de conducir la manada de toros -arropada por mansos (cabestros)-, azuzando a los animales con sus gritos y palos a fin de dirigirlos hacia su destino. Las gentes del lugar se unieron al acto y comenzaron a participar en el mismo, en un intento de ayudar a los pastores en su labor, pasando de ir por detrás a entremezclarse entre los componentes de la comitiva taurina, para terminar al cabo de los años por desafiar al peligro y correr delante de los propios toros. Esto fue, en esencia, el embrión del nacimiento de algo que en el futuro se  convertiría en un espectáculo de gran arraigo popular y de renombre internacional.

 

En aquel entonces, las noticias se propagaban muy lentamente; comenzando  por las poblaciones cercanas, llegaban justamente a aquellos lugares cuyos moradores tenían posibilidad de acudir a Sanse para comprobar si era verdad lo que se decía, que allí los hombres jóvenes corrían por delante de unos toros bravos que más tarde iban a ser lidiados por afamados toreros en la Plaza. Quien se atrevía a formar parte de ese grupo de valientes se ganaba una considerable reputación entre sus convecinos. Desde aquellos comienzos,  los Encierros evolucionaron continuamente en sus formas, pero su naturaleza no varió en absoluto a lo largo de tantos años de celebración. Siempre eran  lo mismo (unas personas corriendo por delante de unos animales, toros bravos en este caso), pero siempre distintos (cada edición aportaba nuevas situaciones y proporcionaba episodios reseñables), tal y como lo atestigua la apasionante documentación existente, realmente difícil de analizar por su profusión, pero en todo caso recomendable hacerlo.

 

Hubo circunstancias que marcaron diversos hitos en los Encierros de Sanse a lo largo de su historia, desde percances y sobresaltos de todo tipo, cambios de recorrido, hasta prohibiciones temporales, no obstante lograron mantener su espíritu durante siglos. El último y definitivo recorrido (también conocido como "manga del Encierro") quedó fijado en el año 2003, coincidiendo con la inauguración de los corrales de suelta en Leopoldo Jimeno, modificándose el inicio del anterior recorrido que nacía en un antiguo matadero de reses, para unirse a aquél en la calle Real Vieja, continuando por Postas, Real y Estafeta, hasta desembocar a través de su Avenida en el ruedo de la Plaza de Toros. Los 820 metros del recorrido y sus nombres llegaron a ser míticos, quedando ligados de por vida a la ciudad. En ese mismo instante, y coincidiendo con la recién estrenada oficialidad de la manga descrita, se inicia un enorme despliegue informativo a través de unos medios de comunicación cada vez más potentes y poderosos, que llegarían a condicionar el propio espectáculo, por su alcance e influencia, contribuyendo a una progresiva masificación no deseada en modo alguno por su peligrosidad.

 

Por su importancia, la seguridad fue siempre una obsesión para los responsables de los Encierros de Sanse, y en consecuencia existía una comisión permanente al efecto, tratando de que este aspecto se convirtiera en una de sus principales características. Nunca se escatimaron medios humanos ni materiales, y se llegó a rayar la perfección. El recorrido (o manga) estaba protegido con las llamadas "talanqueras", un robusto vallado de madera que en tramos donde se consideraba necesario era de doble hilera; el público tenía que permanecer detrás de la segunda línea a fin de dejar libre la zona intermedia para el personal de prevención, protección y de ayuda sanitaria, así como para que los corredores tuvieran espacio libre para saltar y poder refugiarse cuando se veían en apuros, o simplemente cuando finalizaban sus carreras. Mención especial merecen los "pastores", quienes, yendo tras la manada de toros en grupos de 4 en 4 -a relevos, para poder mantener durante todo el recorrido la misma velocidad que los animales-, los guiaban ayudados por unas largas varas, contribuyendo también a evitar imprudencias e incidentes; una vez dentro del coso taurino, se unían a estas tareas los "dobladores", cuya principal misión era la de dirigir los toros bravos hasta los corrales interiores de la Plaza de toros, poniendo fin de este modo al Encierro de cada día.

 

Otra palabra clave era la logística, tanto en relación con el complejo proceso organizativo (tan logrado que aparentaba ser sencillo) como con la citada seguridad. Ayudaba la cercanía de la gran metrópoli que era Madrid, con todo su potencial puesto a disposición de cuanto fuera demandado en este sentido. Hay reseñas de la época que hablan de Protección civil, Cruz Roja y otros estamentos, cuyo despliegue en días de Encierro era espectacular, todo ello basado en una disciplina protocolaria revisada de  continuo y que se llevaba a cabo escrupulosamente. La infraestructura requerida para soportar todo lo que ello suponía pasaba a ser una mera necesidad del objetivo perseguido; cientos de profesionales y  voluntarios (bajo una dirección reglamentada y con sus funciones perfectamente definidas y claras) se encargaban con suficiente antelación de preparar con detalle todo lo concerniente a "sus Encierros", manteniendo ese espíritu colaborador durante su celebración y después de los mismos, teniendo en cuenta que en realidad sólo eran un paréntesis en la vida cotidiana que debía seguir su curso normal. Ese sentimiento posesivo y de orgullo de sus Encierros para las gentes de Sanse, y de otras que se iban incorporando y renovando continuamente, tuvo mucho que ver en el logro que año tras año se sucedía, sin margen para que la rutina o cualquier otra connotación negativa alterara sus celebraciones, sino todo lo contrario: en San Sebastián de los Reyes, los Encierros fueron cada vez más conocidos e importantes.

 

No es casual la baja siniestralidad (en todos los sentidos) registrada en un espectáculo de esa naturaleza y magnitud, Ello fue debido a que los medios y las actuaciones de las personas responsables estuvieron siempre al nivel requerido, según se ha dicho. El siglo XXI fue determinante para Sanse y los Encierros; en los comienzos de siglo ambos alcanzaron su cenit, tanto  que en un momento dado el espectáculo fue declarado "bien de Interés Cultural", y años más tarde "Patrimonio Histórico y Legado para la Humanidad", una especie de salvoconducto...mientras hubiera toros. Éste iba a ser precisamente el quid de la cuestión, algo que entonces ya se vislumbraba. En su desarrollo y crecimiento, hubo que afrontar y superar no pocos problemas relacionados con los espacios necesarios para los corredores (por su creciente participación, bien es cierto que cada vez mejor preparados físicamente)  y demográficos (Sanse y otras poblaciones limítrofes se veían desbordadas en días de Encierro debido a la gran afluencia de gentes que acudían de todas partes), pero cualquier obstáculo que se presentaba era solventado y controlado satisfactoriamente porque en paralelo los avances técnicos y logísticos eran cada vez mayores y más eficaces.

 

Bien entrado ya el siglo, se había llegado a una estabilidad que permitía esperar cada nueva edición de los Encierros con un justificado optimismo que se confirmaba tras los éxitos que anualmente se iban sucediendo. Pero ya desde mucho antes, los movimientos anti-taurinos estaban logrando paso a paso sus objetivos, al ir en contra de las Corridas de toros aprovechándose estratégicamente de las debilidades externas e internas, hasta que terminó por ocurrir lo que se estaba temiendo: la abolición de las Corridas de toros a finales del siglo XXI. En principio, ello no afectaba directamente a los Encierros, que por inercia siguieron celebrándose con toros que eran devueltos al campo una vez concluida su misión, pero desde el primer momento se echó en falta algo que, enmascarado por el propio espectáculo, no se le daba tanta importancia como la tenía, y era que en realidad los Encierros eran también un culto a la muerte, simbolizada en esos mismos toros bravos que a continuación iban a ser sacrificados en la Plaza.

 

Al margen de ese significativo matiz, sin Corridas de toros era cada vez más complicado organizar y justificar los Encierros; conservar ganaderías para la cría de toros bravos con ese único fin era un auténtico lujo y se estaba convirtiendo en una misión imposible, tanto económica como funcionalmente. Los animales presentados estaban perdiendo su bravura de forma alarmante y los corredores notaban un claro descenso en la transmisión de emociones, que era uno de los pilares que habían sostenido los Encierros durante tantos años. Ya no era lo mismo. Además, los grupos anti-taurinos se dieron cuenta que el final que les esperaba a los toros cuando eran devueltos a sus lugares de origen no era precisamente una vida bucólica, y volvieron a la carga. Así llegó el final de los Encierros, no tanto por prohibición expresa alguna, sino porque llegó un momento en que se habían perdido argumentos de defensa, y las dificultades para mantenerlos se hicieron insostenibles  en todos los sentidos. Desde el mismo instante en que dejaron de celebrarse los Encierros, Sanse, al amparo de la etiqueta de "Patrimonio..." que le fue otorgada en su día, se preocupó de mantener intacto su recorrido, con una acertada visión de futuro. El aspecto actual es el de una reliquia conservada exactamente tal y como era hace 500 años, con los edificios colindantes reconstruidos tantas veces como ha sido necesario, los corrales de los que aún parece desprenderse ese característico olor del ganado vacuno, la propia Plaza de toros,...todo un museo viviente, testigo de tantos y tantos episodios de leyenda, en estado de latente espera a que los Encierros inunden de nuevo sus calles y rincones.

 

La cuestión más enigmática es cómo se ha podido recuperar una especie animal (el toro bravo) que se daba por extinguida desde hace siglos, después de haber quedado demostrado que sin Corridas de toros era imposible mantener en el toro su  imprescindible condición de  bravura; el único modo posible de lograrlo era criar al toro bravo en sus mismas ganaderías como si en realidad fueran a ser lidiados, pero ello no dejaba de ser una utopía. Se hicieron pruebas mediante los más modernos y  sofisticados sistemas, pero todos ellos fracasaron. Cuando murió arruinado el último ganadero romántico que resistió hasta el final desapareció oficialmente el toro bravo, pero ahora se  dice  que desde entonces siempre ha existido una extensa reserva natural de toros en el ya mencionado suroeste europeo, sustentada en un principio por un poderoso jeque árabe y durante las siguientes generaciones por sus herederos (existe alguna publicación al respecto), protagonizando uno de los secretos más celosamente y mejor guardados -al parecer bajo la apariencia de un Parque de estudios ecológicos, o algo así, sin acceso posible al mismo- que en el año 2525 ha sido desvelado, dando a conocer al mundo no sólo la presencia de nuevo del toro bravo, sino también de otras especies animales y vegetales olvidadas, y de un modo de vida dentro del Parque absolutamente distinto al del entorno exterior, por su forma de alimentación natural y sus sencillas costumbres ancestrales, envidia para la mayoría del resto de los humanos, que de repente nos hemos dado cuenta con asombro que también se puede vivir con más libertad, sin los comportamientos actuales tan dirigidos y programados. Tan alienantes.

 

Sea como fuera, el hecho es que en el año 2525 se han cumplido con creces todas las expectativas y se ha vuelto a celebrar una Corrida de toros, con tal eco y repercusión que, como consecuencia y resurgiendo de sus cenizas, se han reinstaurado todos los espectáculos taurinos -entre ellos las Corridas de toros y los Encierros, no sólo en Sanse sino también en otros lugares- con una fuerza que se presume imparable a tenor de todos los análisis realizados. Vivir para creer. Parece como si estuviéramos frente a un suceso sobrenatural, cuando en realidad simplemente se trata del redescubrimiento de las esencias de la tauromaquia, plenas de  autenticidad, entre las que destaca la atracción del peligro a través de una participación activa -o pasiva pero cercana- en situaciones de riesgo extremo, que estimula y enciende nuestras pasiones más profundas, provocando estados de máxima ansiedad, excitación, energía y capacidad de acción-reacción. Sólo acudiendo al terreno de los sentimientos y de las emociones vamos a ser capaces de encontrar respuestas satisfactorias a actitudes  individuales y colectivas de estas  características. El caso que nos ocupa (el de los Encierros) es un claro exponente de lo que estamos hablando, un auténtico fenómeno social de dimensiones excepcionales, y la lección que nos ha dado la historia es que en lo sucesivo no debería desaprovecharse ya nunca más semejante oportunidad.
 

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