Por Susana Fuentes y
“Nos vemos en misa de
“Así sea”, contestó David sin más ornamento. Y siguió su camino hacia el descanso, desposeído, triunfal. Eterno. Roberto vio partir a su hermano y puso rumbo a su hogar, a sus rutinas, a esa vida mecida por su voz serena, por su tacto en calma, ahora lleno de pulsión y de vida, de fuerza. Infinito. Poderoso.
Aquella liturgia, esa comunión tan ancestral como poética de
Roberto y David saboreaban aquella sensación imperecedera de vuelta a casa. La brisa arrastraba un rumor machacón de verbena, de plomiza fritanga, de las voces confundidas del taciturno y el madrugador. Pero, en su gozo, todo era un silencio que arrullaba su próxima resurrección: mañana, en la misa de 8.
Hasta entonces, cada hora, cada minuto, cada segundo, era una puerta abierta al recuerdo y a la esperanza: mañana, en la misa de 8, los fieles se entregarían de nuevo a la Eucaristía del encierro. Otra vez la pólvora y los nervios, el dolor y el triunfo, la tradición y la suerte, el toro y la vida.





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